Xana y el Camino de Santiago

Xana en Santiago de Compostela

Yo que, a pesar de saber que es como luchar contra los molinos que combatía Don Quijote, intento evitar, en la medida de lo posible, el asedio al que a través de la publicidad estamos sometidos, sucumbí  a ella mientras degustaba un opíparo menú del día. Y no me arrepiento.  Un mantel con un mapa, a pesar de competir contra un plato de albóndigas,  consiguió captar mi atención.  No consiguió que dejara mi plato se enfriara pero sí su cometido, liarme para hacer El Camino de Santiago. Y conmigo a tres amigos, a Gali, el perro de uno de ellos y, por supuesto, a la sufrida Xana.

A pesar de ser algo que atrae a miles de personas cada año y de tenerlo tan cerca, ya que vivo en Coruña, nunca lo había hecho ni me lo había planteado. Tampoco es que uno sea un devoto de la fe cristiana pero sí de las rutas campestres tanto a pie como en bici.

El Camino, que tiene orígenes religiosos, es capaz  de hacer convivir a mucha gente con motivaciones para hacerlo diametralmente opuestas. Es mucho más lo que une a los participantes que lo que los separa. Por lo menos a la hora de ir recorriendo kilómetros. Y eso se nota en el buen ambiente reinante.

No sé si concuerda con la realidad pero noto que el plan atrae poco a los caminantes patrios, al menos en comparación con el éxito que éste tiene más allá de Los Pirineos. No hay más que escuchar la variedad de acentos y pieles tono rosáceo  tirando a carbonilla de muchos de los caminantes para darse cuenta de este detalle. También es cierto que no es lo mismo llegar a un sitio exótico y lejano después de un gran esfuerzo que a tu propia casa. Nosotros, vista la gran afluencia de guiris, decidimos recitar a algunos de ellos nuestro grito de guerra traducido, a nuestra manera,  al inglés. Sus caras al escuchar el fragmento del  poema darían para otra entrada del blog. Este era nuestro grito de Guerra estos dos días:

 The path and nothing else

Hiker, there´s no path

The path is made as you hike

Parte del Camino de Santiago
La idea de que “no hay camino, se hace camino al andar” se desvanece con las indicaciones del camino a seguir cada 100 metros.

Realmente mentiría si dijera que hicimos El Camino de Santiago porque sólo dispusimos de dos días completos y ni hicimos el recorrido mínimo para conseguir La Compostelana. Tampoco la queríamos ya que nuestras motivaciones eran más ociosas que espirituales y no queríamos desvirtuar nada de los peregrinos que caminan guiados por sus creencias religiosas. Y aunque es cierto que cada uno alimenta su espíritu a su manera, en nuestro caso no nos hacía falta ninguna acreditación.

Decidimos que el Funplan  consistiría en salir desde Portomarín un sábado por la mañana, dormir en Arzúa esa noche y rematar la faena el domingo en la Catedral de Santiago. Y así hicimos no sin un esfuerzo logístico importante. Dos furgonetas y un coche movilizados para la causa nos permitieron no llevar las bicis muy cargadas y hacer la ruta con nuestro propio horario sin depender de albergues ni hostales. Algo importante para un grupo tan interesado en las pedaladas diarias como en las cervezas nocturnas que las acompañaban.

Bici en el Camino de Santiago
Bici descansando en una de nuestras múltiples “paradiñas”

Recorrimos, pues, unos 95 km en dos días. No son muchos pero las constantes subidas y bajadas de la ruta hicieron que esta modesta distancia nos resultara suficiente. Tanto Xana como su compañero perruno en esta aventura, Gali, agradecieron esta no muy ambiciosa planificación. No es lo mismo pedalear que correr, sobre todo en las cuestas abajo. Para no abusar de nuestra ventaja tecnológica en estas situaciones reducíamos dramáticamente la velocidad cuando la pendiente jugaba en nuestro favor.

Camino de Santiago en bici
Gali requirió ayuda en varias ocasiones. Obsérvese la adaptación aerodinámica del can moviendo los flaps de modo acorde a la velocidad. E.T. y Elliot no se comen un colín al lado de esta mítica pareja.

En las cuestas arriba, sin embargo, las tornas se cambiaban siendo los humanos los que sudábamos la gota gorda y los cánidos los que tenían que aflojar la marcha para adaptarse al grupo.  Hubo a quien le parecíamos torturadores por hacerles correr tanto y hubo a quien le gustaba ver el singular grupo que formábamos. Lo que es cierto es que dejábamos a pocos viandantes indiferentes.

Bajo mi punto de vista los perros están mucho  mejor corriendo al aire libre que en casa. Y estuvimos muy pendientes de que no les faltara agua tanto para beber como para refrescarse y de que descansaran a menudo. No puedo negar que los canes acabaron con agujetas pero apuesto a que, si pudieran decidir, repetirían.

Técnicamente esta ruta es muy asequible para cualquier aficionado a la bici pero el riesgo de caída siempre está presente. Y para muestra un botón, en este caso un video. Para desagracia de nuestro cámara, ávido de gloria youtubera, no me caí. Lo podéis ver en el siguiente vídeo.

Peregrinos en Santiago de Compostela
Como podéis comprobar, cualquier parecido con los verdaderos peregrinos es mera coincidencia.

Aun siendo conscientes de que no es lo mismo llegar después de recorrer cientos de kilómetros a pie que noventa y cinco en bici, llegar a La Catedral fue muy emotivo. Sesión de fotos obligada y a lo importante, las merecidas cervezas. No hay mejor sabor que el de una buena jarra de garimba tras un esfuerzo bajo el sol.  Hace poco me comentaron que la cerveza podía ser considerada una bebida isotónica y ya estamos barajando sustituir los botes de agua por latas de zumo de cebada en siguientes rutas. Si estrella Galicia patrocina a equipos de fútbol será por algo. Digo yo…

Peregrinos ante la catedral de Santiago de Compostela
Foto del grupo ansioso por probar el avituallamiento.

Hasta la siguiente, funplaneros.

Sed felices. Y si para ello tienes que, como dice la canción, compraros un camión pues se compra. La vida es cuestión de prioridades.

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