Mi síndrome de San José (de Costa Rica)

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Actualizado el 30 de Marzo de 2015

La primera impresión que la mayoría de visitantes se lleva de la capital de Costa Rica no suele ser tan positiva como el amor incondicional que los lugareños (ticos) le profesan. Confieso que, cuando me tocó el turno a mí, no me sentí la excepción.

Después de mi primer paseo por sus atareadas calles de aceras irregulares, taxis insistentes, mercados apretados, y urbanismo medio anárquico, sentada en una terraza con un fresco de guayaba suspiré: “entonces, ¿es aquí donde voy a pasar el próximo año?”

San Jose de Costa Rica

Y resultó que la única respuesta estaba, precisamente, en la pregunta misma. Ni más ni menos que un año, durante el cual planeaba terminar mi licenciatura en la Universidad de Costa Rica, fue todo lo que necesitaría para caer rendida a los pies de San José. Un amor que probablemente empezó aquella tarde de noviembre de 2003, casi una hora antes de nuestra clandestina escapada a la playa.

San José fue de los últimos lugares que los colonos españoles tomaron en América Central. Por esa misma razón la arquitectura colonial no es tan abundante allí como en otras ciudades de países vecinos. En realidad, la distribución en cuadrícula de sus calles y avenidas, de norte a sur y de este a oeste, es herencia del urbanismo español del siglo XIX.

Interior de la Catedral Metropolitana

No hay “casco antiguo” con encantadoras callejuelas emanando historia de cada esquina, y los edificios, especialmente los institucionales, son una curiosa mezcla de funcionalismo y modernidad. Dirían algunos que sin mayor encanto. En cualquier caso, la mayor parte de la ciudad parece que fue construida a contrarreloj, con el apremio de la rápida expansión de los cafetales en los suburbios, pero también en un contexto de escasez económica.

La primera vez que paseé por San José me sentí, prácticamente, en una especia de no-lugar; calles, paredes y edificios me parecieron especialmente impersonales, a pesar de estar repletos de gente. En el centro el tiempo transcurría entre el ajetreo de idas y venidas; sin orden, tal vez, ni demasiado consenso entre olores y colores, y siempre sonaba música por todas partes… Pero yo me sentí como en un gran centro comercial, y al fin retomé el camino a casa algo confundida y mareada.

Afortunadamente, muchas cosas empezaron a cambiar cuando empecé el curso en la universidad. Un buen día recibí una llamada de mi amigo Johnny, apremiándome a meter mi bikini y un par de mudas en la mochila lo más rápido posible. “Quedamos a las siete en punto. Pregunta por el Teatro Nacional y espera allí con tres rosas rojas”. Colgué el teléfono entre confundida y emocionada y, sin saber bien cómo, obedecí.

Teatro Nacional

En el punto de reunión me encontré a Johnny, Carlos y Jorge esperando sus rosas -y a mí, listos para embarcarnos en el que sería mi primer viaje a una playa del continente americano. Frente a nosotros, el teatro combinaba con elegancia neoclasicismo alemán y renacentismo italiano. Jorge me contó su historia y de cómo los productores de café consiguieron hacer realidad su sueño de un Teatro Nacional pagando su construcción mediante una tasa en la producción de café.

Comprendí que San José, así como el resto del país, era un lugar para trabajadores y de los trabajadores. Ellos hicieron de Costa Rica un lugar en el que vivir; pasaron por el colonialismo y la esclavitud, y cuando no hubo “nada” más que explotar, los ticos creyeron en su propia fuerza y levantaron un país con importantes carencias sociales. Con el tiempo, el arte se convirtió en una importante vía de expresión de su historia y su sentimiento de pueblo. Desde entonces, los ticos invierten grandes recursos en arte y cultura, siempre teniendo presentes sus orígenes.

Teatro Nacional de Costa Rica
Teatro Nacional de Costa Rica

De algún modo, aquello que Jorge me contó me hizo pensar en las calles de San José hoy, y en cómo reflejan los esfuerzos de un pueblo para levantarse de nuevo tras una dura historia. Mirando hacia delante, hacia un futuro mejor, pero sin olvidar su pasado.

Y sí, efectivamente la playa de Montezuma resultó ser mi lugar favorito en Costa Rica. Hasta nueve veces recorrí el mismo camino para disfrutar del ambiente relajado, algo hippy por aquél entonces de esas playas hermosas y bravas sobre el poderoso Pacífico. Sin embargo, algo que atesoro con especial cariño de aquella noche antes de artir es el modo en que cambió mi percepción de la ciudad.

Descubrí el romántico estilo renacentista de Barrio Amón y sus elegantes mansiones, pero también empecé a disfrutar dejándome llevar por el genuino ajetreo de la ciudad y al fin caí, como los ticos, profundamente enamorada de San José.

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