Más alto que los cóndores – Aconcagüa (II)

Ruta al Aconcagüa

Sopla el viento y nos revolvemos en la tienda, me giro; el agua esta congelada dentro de los termos, el vaho ha formado una pequeña película de “verglass” por todo el interior del habitáculo, hace frío, hace frío, y mucho viento, azota la tienda impidiéndonos dormir. Es la 1 de la madrugada, decidimos no salir esta noche, puede que el tiempo mejore mañana… quien sabe, puede que todo acabe en Campo II.

A eso de las 9 de la mañana salgo de la tienda. El sol asoma por entre nubes negras, tormenta sin trueno, pero tormenta de todas formas de esa que te hace dudar de si realmente estas tan cerca del cielo o del infierno.

Campo II esta justo bajo la base del glaciar de los Polacos, un espectáculo dantesco realmente, todo lleno de rimayas, grietas, hielo verde, hielo azul, tendente a la vertical en ciertos tramos

Hoy nadie sube, hoy nadie sale de las tiendas. Si no fuera por el frío y la nieve podría llegar a pensar que estamos solos en un pueblo fantasma, faltan las plantas rodadoras. Puede haber como unas 10 tiendas, la nuestra, la de Carlos y la de algún guía despistado, todos los demás han bajado por fin a Campo Base.

Tormenta en el Aconcagüa

¿Alguien quiere ir a dar una vuelta de aclimatación? Carlos pregunta sonriendo. Yo me animo, pero Víctor prefiere descansar en la tienda para un posible ataque a Cumbre en la noche siguiente.

Salimos a eso de las 11 de la mañana, cruzando la parte baja del glaciar, unos 150 metros, con buena visibilidad y un buen camino, en dirección al refugio independencia (ruta normal de subida al Aconcagua, utilizando la ruta denominada Falsos Polacos desde nuestro lado de la montaña). Voy sin manoplas, hago fotos. Carlos va delante a buen ritmo, le sigo y en unas 2 horas hemos llegado a 6.100 metros. Siento dolor en las manos, del frío, por culpa de no llevar los guantes de pluma, mierda de tiempo, me las caliento y siguen doliendo, quizá ahora más todavía, circula la sangre, ayyy, dolor. Pasamos por un par de pasajes delicados, hielo, nieve dura, pero casi todo piedra firme; poco a poco vamos dilucidando la ruta normal, ahí se ve, arriba, falta poco, poco.

Hielo en el Aconcagüa

Tras unas 4 horas de camino, el terreno cambia de dirección, hacia la izquierda. Veo la canaleta, terrible canaleta de piedra suelta, desde ahí, 6.300 metros, en unas 4 horas se llega a cumbre a casi 7.000, que cerca está, el viento es horrible, la tormenta parece inminente, hay que pensar en bajar, y bajamos, nevando, helando, horrible, horrible de verdad, pero como cualquier invierno en Picos, aquello sí que es inhumano y no esto, pienso.

Llegamos al glaciar sin ver nada… me caigo un par de veces en el hielo, no llevo crampones, no pasa nada…me levanto y veo las tiendas, arriba, cenital visión

Vislumbro la parte alta del glaciar y la cumbre sur del Aconcagua, despegada por el viento, la montaña fuma, y de qué forma, pero estoy otra vez en la tienda. Son las 3 o 4 de la tarde.

No dormimos en toda la noche. Miro el techo de la tienda, veo mi reloj, cristal azul de respiración congelada, los números están letárgicos, como yo, duermevela incesante. Nos revolvemos, miro a Víctor, el me mira a mí. Pasan las horas como martillazos en la cabeza, una, otra, otra, otra, el viento no cesa. ¿Qué hacemos? ¿Qué hará Carlos? Pensamos con la cabeza, duele, pero en ocasiones es mejor que pensar con el corazón, es la hora de salir… me giro en el saco, miro para el techo, no duermo, no puedo, la altura nos mata, llevamos 3 noches sin pegar ojo, estoy cansado, muy cansado, sonrió y vuelvo a mirar para el hielito…

Cumbre del Aconcagüa

Sol y nubes. El Mercedario nos mira atentos, el Alma Negra y el Ramada lo acompañan en un baile de luces y sombras, estamos solos contemplando el panorama, solos, parece mentira después de lo vivido; abajo Campo I parece olvidado de la mano del Centinela mientras en Campo Base la gente apura las últimas cervezas, sus cervezas. Giramos la vista, son las 9 de la mañana, miramos para el glaciar, un último vistazo.

Llevo algunos años escribiendo pequeños relatos de montaña, para mi generalmente, pero esta vez he querido hacer algo diferente, algo que escape de lo literario, algo con lo que podáis descubrir o reafirmar que lo verdaderamente importante de una montaña es como nos tomemos la montaña, lo que “ella” nos produzca, lo que signifique para cada uno de nosotros en el interior. Hay que obviar las gestas, los grandes relatos impregnados de corsarios, bucaneros y buscadores de fortunas, de hipérboles que enaltecen una parte insignificante del montañismo.

Los que realmente mantienen vivo el espíritu del alpinismo son los verdaderos alpinistas, los que se emocionan, los que luchan, los que saben bajar, los que viven cada momento, los que luchan

No podemos cambiar los nuevos tiempos, pero podemos estar orgullosos de nosotros mismos, yo estoy contento ¿Vosotros?

Hay muchos sitios que visitar, muchos sitios que nos transformen, muchos sitios donde podamos estar más alto que los Cóndores.

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