Joküll, viaje en blanco

Actualizado el 31 de Marzo de 2015

Me propuse hablar de Islandia, pero creo que las fotos serán lo único que de blanco tenga mi trozo de revista (obviando claramente el papel, que sin embargo desde hace años y gracias a manos misericordiosas, ha tomado un espectro mucho más amplio de colores, gracias). De todas formas, algo intentaré contaros sobre el norte de Europa.

Manejado por mi propio subconsciente, sentado delante del ordenador, hice números, dejé la cuenta echando humo y me marché a Islandia. Evasión total, uno de mis destinos soñados. Hubiera valido cualquier otro, como digo, Ancares, Finisterre, Nueva Zelanda, el paseo marítimo, Kenia… ¿Qué importa?

Lo realmente fundamental es que, si puedes hacerlo, quieres hacerlo, y eso te hace más feliz a ti y a la gente que te rodea, hazlo. Si te sirve para evadirte, para que tu mente viaje, hazlo.

El 7 de abril, bajo un frío atroz, a unos -25º C, pensaba lo que siempre pienso cuando lo estoy pasando (físicamente) mal ¡¡¿¿Qué hago yo aquí??!! ¡¡¿¿Quién me mandaría a mí venir a Islandia en esta época??!! Y luego pienso, lo has hecho porque has querido, no debe ser tan malo…

Llegamos a Islandia el día 4 de abril de 2009 después de dos aviones y diversas negociaciones por exceso de equipaje. El país no se caracteriza precisamente por su concentración demográfica, sino por todo lo contrario. Conducir por la carretera principal de la isla (la circular nº 1) supone no encontrarse con nadie en horas, es como conducir por una carretera perdida de la Galicia profunda un domingo de futbol a las 5 de la tarde, eso sí, con un 4×4, ruedas de tacos y la vía tapizada de hielo y nieve.

Llegamos con la idea de recorrer la isla y visitar tres sitios concretos: Desde Reykjavik (al suroeste) contábamos con diez días para visitar la península de Snaefellness (al oeste), la sierra norteña de Skidardalur, Dalvik y sus fiordos y por último alguna zona de actividad termal. No nos agobiamos, pero aprovechamos el tiempo.

Aguas termales de Islandia

Voy a evitar hablar de los “géiseres”, las sulfataras, el agua hirviendo y los volcanes porque considero que las fotos son suficientemente descriptivas. Tampoco creo que merezca mucha atención el contar aventurillas sobre las ascensiones en Dalvik o la travesía por los nevados y aislados valles de Skidardalur porque, asimismo, creo que su belleza queda demostrada en las fotografías.

Creo que lo importante del viaje son las sensaciones, esas sensaciones que muchos de nosotros buscamos en nuestros viajes y que yo descubrí con el viento ártico, a -25º C, en la cumbre del Snaefelljoküll.

En Olafsvik nos miraban raro. La poca gente que encontramos, en la gasolinera del pueblo y en el único hotel del pequeño pueblo de pescadores, no daban crédito a que aquellas personas con esquís quisieran subir el Snaefelljoküll ¿Qué se les habría perdido en lo alto de aquel volcán con el frío que hacía y la cantidad de nieve que tenía? Un “sinsentido”.

El día amaneció despejado, -1º C marcaba el termómetro del Skoda 4X4; fuimos al volcán porque simplemente estaba allí, en el borde último de la espina dorsal de la península de Snaefellness, como colofón del finisterrae, una mole de nieve que nos invitaba amistosamente al precipicio de la cordillera. Comenzamos a “foquear” a eso de las 8 am, con mucho ánimo y rodeados de un silencio sepulcral.

Subíamos sin seguir una ruta determinada. La libertad de poder marcar nuestro propio recorrido nos empujaba desde los 0 metros del mar hacia los 2.300 de la cumbre, envueltos en una atmósfera diferente. Es el hálito del esquí de travesía, la pureza de dirigirte hacía el horizonte, mover tus pasos sin que nadie te observe, evitar las aglomeraciones, poder pensar y hablar contigo mismo, en silencio.

Lanzas un movimiento del esquí, suena en la nieve profunda. Lanzas una nueva patadita, la controlas. Respiras, inhalas el aire puro del norte, ves la niebla meterse poco a poco, suspiras. Miras hacia arriba después de 5 horas de esfuerzo, te sientes diminuto debajo de esas moles de hielo, en el glaciar, rodeado de grietas tapadas que no puedes ver y con el océano de partícipe, el único espectador posible que, ni siquiera en ese momento, dice nada. Puedes pensar en silencio, como si lo hicieras en tu casa evadido de todo, con la almohada. Lanzas más movimientos de esquí, sobre la nieve, sigues hacia arriba.

El viento se levanta, pero es aire extraño, frío, frío, y te das cuenta de que llegas a la cumbre y de que al norte no hay nada más, solo el ártico que respira contra ti, despertándote de las 7 horas de ascensión y de tus pensamientos, de tus ideas, de ti mismo… te dice:

¿Qué haces aquí, que no estás en casa? ¿Eres feliz? ¿Qué te lleva a hacer todo esto?

Llegas a la cumbre. Te sientes entero, completo por tu esfuerzo y por las horas de silencio, pero no puedes apreciar bien lo que te rodea. El frío te entumece, te contrae las articulaciones, en media hora ha llegado el infierno vestido de blanco y brillante. Ahora tus pensamientos no te pertenecen, son de tu propio cuerpo y no de tu mente que te obliga a bajar de allí.

Bajas durante horas controlando los esquís, las grietas que acabas de pasar hace un rato, el relieve, entre niebla densa, de nuevo piensas ¡¡¿¿Qué hago aquí??!!

En el fondo sabes que un pequeño obstáculo se supera, es un poco de frío, lo haces porque con ello eres feliz, te has evadido, has pensado y has contribuido a coleccionar una nueva sonrisa en la tristeza del resto.

Llegas de nuevo satisfecho. Como siempre, frío, entumecido pero satisfecho. El Snaefelljoküll te ha vuelto a enseñar que una sonrisa puede ser la diferencia entre una buena o una mala experiencia, todo depende de cómo se viva, de cómo se sienta, de cómo queramos percibirla. Mucho de eso sólo se consigue con los viajes, evadiéndose, dirigiendo nuestros propios pasos, saliendo del portal.

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